Un pez diferente.


Había una vez un pez muy especial. No era como los demás, porque mientras todos nadaban siguiendo la corriente del río, él tenía una pregunta que lo inquietaba:

—¿Qué pasaría si nado en sentido contrario?

Los otros peces se reían.

—¡Estás loco! —decían—. La corriente nos lleva al mar, y así debe ser.

Pero el pez no se conformaba con esa respuesta. Así que un día fue a ver al pez más anciano del río, su abuelo, y le preguntó:

—Abuelo, si en lugar de seguir la corriente nado en contra, ¿a dónde llegaría?

El pez abuelo sonrió con sabiduría y respondió:

—Si sigues el río hacia atrás, llegarás al origen: las altas montañas, frías y solitarias. Un lugar donde pocos se atreven a ir.

El pez sintió una chispa de emoción. ¡Quería ver ese lugar! Así que desde ese día empezó a entrenar sus músculos, nadando cada vez con más fuerza. Se preparó durante mucho tiempo, y cuando se sintió listo, partió en su gran aventura.

Al principio, avanzó con entusiasmo, pero pronto se dio cuenta de que nadar contra la corriente era agotador.

—¡Qué difícil tarea! —pensó, jadeando—.

Fue entonces cuando entendió algo importante: no solo necesitaba fuerza, sino también sabiduría y paciencia. Así que empezó a observar el río. Se dio cuenta de que algunos días la corriente era feroz y poderosa, pero en otros momentos era suave, como un riachuelo tranquilo. Aprovechó esos días de calma para avanzar, poco a poco, sin rendirse.

Pasaron los años y el pez siguió subiendo y subiendo… hasta que un día, llegó al origen del río.

Lo que vio lo dejó sin aliento. El paisaje era majestuoso: aguas cristalinas brotaban de las rocas, el cielo era inmenso y el silencio transmitía una paz indescriptible. Había logrado su objetivo.

Pero al mirarse en el reflejo del agua, se dio cuenta de algo: ya no era un pez joven. Su cuerpo había cambiado, sus escamas tenían un brillo distinto… era un pez viejo.

Con el corazón lleno de recuerdos, decidió regresar a casa para contar su aventura.

El viaje de vuelta fue largo, pero cuando llegó, se encontró con un río que ya no era el mismo. Sus amigos y familiares ya no estaban, y los peces que ahora nadaban ahí no lo reconocían. Sintió una profunda soledad.

De pronto, un pez pequeño y curioso se le acercó.

—Señor, ¿de dónde viene?

El pez anciano sonrió con ternura y le respondió:

—Del origen.

El pequeño pez abrió los ojos con asombro y emoción, y el pez anciano supo que su viaje no había sido en vano.

Porque siempre habrá alguien que quiera descubrir lo que hay más allá.


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Este cuento tiene derechos reservados.

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