El zorro y la luna.


Había una vez un zorro que amaba a la luna. Desde que abrió los ojos por primera vez, sintió que su luz lo llamaba, como un susurro lejano en la noche. Soñaba con alcanzarla, con sentir su brillo en su piel y descansar bajo su resplandor eterno.

Un día, decidió que no podía seguir amándola desde la distancia. Así que emprendió un viaje para encontrarla.

Cruzó valles interminables, donde el viento susurraba su nombre. Atravesó selvas espesas, donde la lluvia lavaba sus dudas y su miedo. Muchas veces sintió que no tenía fuerzas para seguir, pero cada noche, al mirar al cielo, la luna le sonreía desde lejos, como si lo esperara.

Después de mucho tiempo, llegó al Huascarán, el cerro más alto de su tierra. Allí, el viento era puro, el cielo infinito, y por primera vez en su vida, sintió paz. Ya no había más dudas ni dolor en su corazón, solo la certeza de que estaba donde debía estar.

Fue entonces cuando la luna descendió.

Ella también había pasado por su propio viaje, iluminando noches solitarias, esperando el momento en que ambos estuvieran listos. Y allí, en la cima del mundo, la luna abrazó al zorro, y el zorro cerró los ojos en su luz.

Desde entonces, en cada noche de luna llena, si miras con atención, podrás ver la silueta de un zorro en su resplandor. Porque su amor, después de todo, encontró el camino para ser eterno.

Fin.


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