El viajero del corazón.
Había una vez un joven llamado Santiago, que llevaba en el pecho un mapa de caminos invisibles. Uno de esos caminos, el más brillante y a la vez el más doloroso, lo había recorrido junto a una muchacha llamada Isabel. Solo caminaron juntos por cuatro estaciones cortas, pero intensas, como si el tiempo se hubiera detenido para que el amor pudiera escribirse rápido y profundo. Isabel tenía una sonrisa que calmaba tormentas y una forma de abrazar que hacía sentir hogar. A Santiago le encantaba mirarla reír con su familia, compartirle secretos, y pensar —aunque le doliera— que su historia tenía fecha de partida. Porque Isabel era un cometa, hermosa y fugaz, y él lo sabía desde el primer beso. Pero Santiago no se arrepentía. Con ella descubrió que tenía un corazón generoso, que cuidaba, que daba sin pedir. Que en su alma habitaba ternura, y en sus manos, el deseo sincero de construir puentes y no muros. Aprendió que el amor, como la energía, no muere… se transforma. Y cuando Isa...