El recuerdo de un amor bajo la lluvia.


Había una vez un joven que trabajaba en la ciudad del Cusco. Era responsable y humilde, dedicado a sus labores con disciplina, pero en el fondo de su corazón sentía que algo le faltaba. Su vida era una rutina monótona, casi mecánica, como la de un autómata que solo sigue órdenes, ya sean de sus familiares o de sus superiores en el trabajo.

Los días transcurrían iguales hasta aquella noche lluviosa. El aguacero caía con fuerza sobre la ciudad, y él, empapado, se detuvo en un semáforo. No tenía prisa por cruzar; la lluvia le daba un motivo para detenerse, para pensar, para perderse en sus propios pensamientos. Fue entonces cuando la sintió.

Un aroma dulce, delicado, que atravesó la cortina de agua y se quedó suspendido en el aire. Su pecho se estremeció, y por un instante, su mundo gris se llenó de luz. Giró la cabeza buscando el origen de aquella fragancia, pero la chica ya se había desvanecido entre las sombras de la noche.

Aquel momento fugaz fue suficiente para cambiarlo todo. En ese breve instante, se sintió completo, como si hubiera encontrado la pieza que le faltaba a su existencia. Y en el segundo siguiente, comprendió con una tristeza punzante que también lo había perdido todo.

¿De qué servía el esfuerzo, la rectitud, la rutina, si en su interior habitaba un vacío que no podía llenar con nada?

Desde aquella noche, cada vez que la lluvia cubria la ciudad, él regresaba ha aquel semáforo. Se detiene bajo la tormenta con la esperanza de volver a verla, de respirar otra vez ese perfume que le recordó lo que significa estar vivo. No sabe si el destino le concederá un segundo encuentro, pero sigue esperando. Porque en la lluvia, en el frío de la noche, aún arde la ilusión de que algún día sus miradas se crucen una vez más.


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Este cuento tiene derechos reservados.

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