¿Existe el cielo, papá?.


Una tarde dorada, mientras el sol se despedía en el horizonte, un niño tomó la mano de su padre y preguntó con curiosidad:

—Papá, ¿existe el cielo?

El padre sonrió con ternura y, señalando hacia arriba, le dijo:

—Mira, hijo mío, alza la vista. ¿Qué ves?

El niño frunció el ceño y observó el cielo inmenso.

—Veo nubes flotando y un azul infinito.

—Muy bien —asintió el padre—. Ahora, cierra los ojos.

El niño obedeció.

—Imagina —continuó su padre— que en el futuro encuentras a alguien muy especial, alguien que haga latir tu corazón con solo mirarte. Ahora, piensa en el momento en que, con todo tu amor, le das un beso.

El niño, con los ojos aún cerrados, sonrió suavemente.

—¿Lo sentiste? —preguntó el padre en un susurro.

—Sí, papá… sentí algo hermoso.

El padre le abrazó con calidez.

—Ese, hijo mío, también es el cielo. A veces no está arriba, sino dentro de nosotros, en los momentos en los que amamos con todo nuestro corazón.

El niño abrió los ojos y, sin decir nada, se arrojó a los brazos de su padre, entendiendo que el cielo no es solo un lugar, sino un sentimiento.

Fin.

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