Los pergaminos del destino.
En un mundo donde la educación era el último bastión contra la ignorancia y el miedo, existía una escuela única, dirigida por un hombre cuya mente y voluntad eran tan afiladas como el acero. Su nombre era Elián Vortex, un visionario que había construido una academia donde humanos perfeccionaban sus habilidades y los robots mejoraban sus modelos de inteligencia artificial aprendiendo juntos. Esta idea desafiaba las normas de una sociedad temerosa del cambio.
Pero su escuela tenía enemigos. Los poderosos —políticos, empresarios y académicos retrógrados— veían en su proyecto una amenaza. Intentaron cerrarlo con leyes, sobornos y amenazas veladas. Sin embargo, Elián nunca cedió. Su fe en el conocimiento y la convivencia era inquebrantable.
Cada año, la academia ponía a prueba a sus estudiantes con un reto final. Pero ese año, Elián decidió ir más allá: ideó una prueba sin precedentes: "Los Pergaminos del Destino".
La tarea parecía simple, pero en realidad era letal: cada equipo de tres debía transportar dos pergaminos sagrados: Cielo y Tierra, desde un punto A hasta un punto B a través de una selva plagada de peligros naturales y trampas mortales.
Las reglas eran claras:
1. El sello de los pergaminos debía permanecer intacto.
2. Solo los equipos que entregaran ambos pergaminos completarían la prueba.
3. Cualquiera que fallara quedaría expulsado de la escuela... o algo peor.
De los 60 estudiantes —50 humanos y 10 robots—, solo 21 se atrevieron a aceptar el reto.
El desafío comenzó al amanecer. La selva devoró a los competidores sin piedad. Tormentas implacables, ríos embravecidos y criaturas salvajes aguardaban en cada esquina. Pero lo peor no fue la naturaleza... sino el miedo humano.
Desde el inicio, la desconfianza se apoderó de los equipos. Muchos humanos no querían a los robots en sus filas. "No sienten dolor", decían. "Nos dejarán atrás."
Pero la selva no distinguía entre circuitos y carne. Uno a uno, los equipos cayeron. Algunos se perdieron en la espesura, otros fueron víctimas de trampas ancestrales que Elián había colocado para poner a prueba su ingenio y resistencia.
Cuando quedaban solo tres equipos, ocurrió la tragedia: un grupo de humanos, cegados por el pánico, intentó robar los pergaminos de los robots. Se desató una batalla feroz. Golpes, gritos, traiciones. El egoísmo cobró su precio en sangre.
Pero en medio del caos, un niño y dos robots resistieron.
El niño era Kael, un prodigio de 12 años con una mente brillante y un corazón indomable. Sus compañeros, los robots Ares-09 y Luma-3, no eran simples máquinas. Eran su familia. Mientras otros luchaban entre sí, ellos usaron su inteligencia y trabajo en equipo para sortear los obstáculos.
Cuando llegaron al punto final, sus cuerpos estaban cubiertos de heridas y sus energías al límite, pero los pergaminos estaban intactos.
El director Elián los esperaba. Su mirada reflejaba una mezcla de tristeza y orgullo. Habían vencido, pero a un precio muy alto.
—Felicidades, Kael. Has demostrado ser más que un estudiante. Eres un líder.
Kael miró a su alrededor. Recordó a sus compañeros que habían caído, los errores cometidos, el sacrificio de aquellos que confiaron en él. En su corazón no sentía que había ganado sino un profundo odio y cólera. Miro a los ojos del director y le dijo:
—¡No quiero que esto vuelva a suceder!
Elián al ver los ojos de su mejor estudiante y escuchar sus duras palabras entendió su tristeza mezclada con odio. Solo atino a decir.
—Discúlpame, por favor.
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