Cuando el amor duele.


Cuando tenía dieciséis años, Daniel se enamoró por primera vez. Su mundo gris se llenó de colores cuando conoció a Valeria. Sus risas eran melodías, sus miradas, fuego, y cada instante juntos parecía eterno. Se prometieron amor infinito, pero el destino tenía otros planes.

Una tarde cualquiera, sin previo aviso, Valeria le dijo que ya no sentía lo mismo. Sus palabras fueron como un rayo que partió en dos el corazón de Daniel. Trató de entender, de aferrarse a los recuerdos, pero ella ya había tomado una decisión.

Los días siguientes fueron un tormento. Lloró hasta quedarse dormido, evitó a sus amigos y dejó de escuchar sus canciones favoritas porque todas le recordaban a ella. Pensó que nunca dejaría de doler.

Una noche, su padre lo encontró sentado en la terraza, mirando el cielo con los ojos llenos de tristeza. Se sentó a su lado en silencio.

—Duele, ¿verdad? —dijo su padre con voz tranquila.

Daniel asintió sin decir nada.

—El dolor puede hacerte más débil o más fuerte. Tú eliges. Y por favor, elige bien.

Daniel lo miró con confusión.

—¿Cómo se supone que esto me haga fuerte? Me siento roto.

Su padre suspiró y puso una mano en su hombro.

—La verdadera fuerza viene de un corazón que ama de verdad. No te avergüences de haber amado. No te arrepientas. Porque aunque hoy duela, un día mirarás atrás y te darás cuenta de que este dolor te hizo crecer.

Esa noche, Daniel no dejó de sentir tristeza, pero entendió algo importante: el amor no era un error. Amó con sinceridad, y aunque perdió a Valeria, no se perdería a sí mismo.

Desde entonces, decidió no cerrar su corazón. Sabía que amar significaba arriesgarse a sufrir, pero también significaba vivir de verdad.

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Este cuento tiene derechos reservados.

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