Lucero.
Había una vez un joven que estudiaba Computación en un instituto de Lima. Sus padres, cansados de sus fracasos académicos, le dieron una última oportunidad. Si volvía a fallar, su destino estaba decidido: lo enviarían al campo a criar chanchos y se casaría con una mujer elegida por su padre.
El peso de aquella amenaza lo agobiaba, pero la soledad era un enemigo aún más cruel. Siempre había buscado refugios, distracciones que lo alejaran del vacío que sentía. Los videojuegos se convirtieron en su escape; la adrenalina de la victoria era lo único que lo hacía sentir vivo. Pero él quería más… necesitaba más.
Fue entonces cuando conoció a Lucero.
Era la chica más hermosa que había visto, con un lunar en forma de corazón en su mejilla izquierda, como si el destino hubiera marcado su rostro con un símbolo del amor que él aún no sabía valorar. Durante todo el primer ciclo de clases, la observó en silencio, demasiado cobarde para acercarse. Hasta que un día, con la excusa de pedirle prestado un cuaderno, sus miradas se cruzaron y, sin saberlo, empezó la historia de amor más importante de su vida.
Con el tiempo, se volvieron inseparables. Eran dos almas que encajaban a la perfección, dos mitades de un mismo sueño. Él encontraba en Lucero un hogar, una razón para esforzarse, para ser mejor. Ella, con su dulzura y paciencia, le enseñó que el amor no era solo compañía, sino compromiso.
Pero el amor, cuando no se cuida, se marchita.
Llegó diciembre y, como cada año, ambos viajaron a sus pueblos natales para pasar Navidad con sus familias. Fue en ese breve tiempo de distancia cuando él cometió el peor error de su vida. En un momento de debilidad, con el miedo a la soledad como excusa, se dejó llevar por la tentación de otra compañía. No pensó en las consecuencias, no imaginó que un instante de traición podría destruirlo todo.
Al regresar a Lima, su corazón palpitaba con culpa. Quiso verla, quiso confesarle todo y pedirle perdón. Pero Lucero ya lo sabía. No necesitó pruebas ni explicaciones; su sexto sentido le gritaba la verdad. Con lágrimas en los ojos, él le suplicó que le diera otra oportunidad, pero ella solo le sonrió con tristeza y le dijo adiós.
El amor de su vida se esfumó en un instante. Tres años y medio de recuerdos, risas y sueños compartidos se rompieron como cristal.
Pasaron los años, y la esperanza de volver a verla nunca se apagó en su pecho. Un día, reuniendo el valor, le escribió un mensaje. No pedía volver, solo ser su amigo, solo escuchar su voz una vez más. Pero su respuesta fue un golpe frío, directo al alma:
"Ya no tenemos de qué hablar."
Esas palabras fueron cuchillos que desgarraron su corazón. Ahí, en ese momento de absoluto silencio, comprendió su lección más grande.
Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde.
Y a veces, cuando lo entiende, ya es demasiado tarde.
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