Una amistad verdadera.
Había una vez, en un rincón apartado de la sierra peruana, dos almas que se encontraron sin buscarse. Él era Brayan, y ella, Lía. Aunque venían de lugares distintos, compartían algo que no se ve, pero se siente: la necesidad de compañía sincera.
Al principio, todo era simple. Corrían por los caminos de tierra al amanecer, jugaban con los compañeros del trabajo y reían sin pensar en el mañana. La rutina, aunque ruda, se volvía ligera con esa complicidad que crece sin palabras.
Un día, mientras descansaban mirando las nubes, ella le dijo con una sonrisa:
—Primero tú, segundo tú, tercero tú.
A él le sonó egoísta, pero esas palabras se le quedaron grabadas. Con el tiempo entendió que no era un acto de vanidad, sino un recordatorio: si no cuidamos de nosotros mismos primero, no podremos cuidar de quienes amamos.
Desde entonces, Brayan la miró diferente. No hablaban tanto, pero él seguía su rastro en Facebook, alegrándose al verla feliz, viva, presente. Y cada noche, sin falta, le pedía a Dios que la protegiera de todo mal, en un mundo que ya no era como antes.
Pero el destino, siempre caprichoso, los separó. Fue una etapa difícil. No hubo despedidas dramáticas ni promesas rotas, solo un silencio largo y lleno de nostalgia.
Brayan, sin embargo, decidió no dejar morir lo vivido. Guardó sus recuerdos como un tesoro, y con ellos, comenzó a escribir cuentos. Sabía que a Lía le gustaban. Escribía para ella, con la esperanza de que algún día, tal vez por casualidad, leyera una de sus historias y recordara.
Recordara que a pesar de las distancias, de los días sin hablar, de las pruebas del tiempo… existía una amistad verdadera. Una que no necesita presencia constante, porque vive en lo profundo del corazón.
Y así, entre letras y recuerdos, Brayan siguió escribiendo para ella.
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