El cuento del corazón azul
Había una vez un joven que se sentía muy triste al ver la foto de ella; se sentía incapaz de hablarle o decirle "hola" porque simplemente sabía que no recibiría respuesta alguna. Así que decidió refugiarse en las palabras y escribirle un cuento, porque él sabía que a ella le gustaban los cuentos.
Y así, con el corazón lleno de palabras que pedían salir, el joven tomó un cuaderno viejo y una pluma azul. Cada letra que escribía era como una lágrima que no caía, pero que brillaba en el papel. Comenzó su cuento con una flor, una flor que crecía en un jardín olvidado, justo como sus sentimientos: vivos, pero ocultos.
Mientras escribía, imaginó que cada palabra volaba en el viento, buscándola, susurrándole al oído lo que él no podía decir con la voz.
Y entonces cerró los ojos...
Para poder transportarse al lado de ella y decirle cuánto la extrañaba, pero sobre todo cuánto la recordaba día y noche.
Y al cerrar los ojos, la sintió cerca. No como un recuerdo lejano, sino como una presencia suave, como el aroma de una flor que uno no ve, pero sabe que está ahí.
En su imaginación, ella sonreía, con esa misma mirada que lo había inspirado tantas veces. Él le habló con el corazón en la mano, sin miedo ni dudas:
—No importa la distancia ni el silencio… tú sigues siendo mi inspiración.
Ella no respondía con palabras, pero el viento que movía su cabello parecía decirle que lo había escuchado. Y eso, en ese momento, fue suficiente para él.
Él se sintió en paz, pues una vez más la sintió cerca, la abrazó y le dio un beso. Esos besos que sobresalen el tiempo y el espacio. Que solo dos almas gemelas pueden llegar a experimentar uno con el otro.
Y en ese instante, el mundo pareció detenerse. No existía el reloj, ni la espera, ni la distancia. Solo estaban ellos, dos almas entrelazadas en un rincón secreto del universo donde el amor era eterno y silencioso, como una melodía que solo el corazón sabe escuchar.
Cuando abrió los ojos, ya no estaba a su lado… pero algo había cambiado. Su tristeza se había transformado en luz. El cuento no solo había sido para ella; había sido también para él. Un puente invisible entre lo que se siente y lo que se guarda.
Y así, con el alma más liviana, volvió a escribir… esta vez, no con dolor, sino con esperanza. Porque sabía que, mientras ella viviera en sus palabras, jamás estaría realmente lejos.
Al abrir los ojos sintió paz en su corazón y, al leer el cuento en aquel cuaderno con su pluma azul, decidió seguir escribiendo, porque eso lo hacía feliz y su corazón lo sabía.
Entonces vio el hermoso paisaje de un pueblo en la sierra del Perú, donde la calma era una constante y el sonido del agua se mezclaba con el canto de los pajarillos.
Él, al ver dicho paisaje, siguió escribiendo. Y cuanto más escribía, más sentía su corazón ligero, como si estuviera dejando pesadas cargas en el camino.
Él entendió que debía dejar esas piedras de su corazón en el camino, porque solo así continuaría su viaje.
Y fue en ese preciso momento, entre las montañas silenciosas y los susurros del viento andino, que comprendió algo profundo: no todas las personas que amamos están destinadas a quedarse, pero sí a enseñarnos a volar más alto.
Mientras el sol comenzaba a esconderse tras los cerros, su cuaderno azul estaba lleno de páginas nuevas. Ya no escribía para llenar un vacío, sino para celebrar la belleza de lo vivido. Lourdes —aunque ausente— se había convertido en una estrella más en su cielo interior, guiando sin hablar, brillando sin pedir.
El joven sonrió, respiró hondo, y siguió caminando con su cuaderno en la mochila y el alma más liviana que nunca.
Porque a veces, los corazones rotos no se arreglan… se transforman en alas.
Fin.
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